lunes, 30 de noviembre de 2009

Siempre seremos amigos - capítulo 01-Una promesa


Bástian:

Siempre seremos amigos

Capítulo 1

Primaria: son seis años en los que conoces y te familiarizas con otros niños de tu edad, además de aprender a leer, escribir..., en fin, la gama elemental de conocimientos que se requieren para poder subsistir en esta sociedad. Para poder ingresar a estas instituciones se requiere, básicamente, que el alumno tenga seis años cumplidos además de pagar una inscripción y haber terminado el pre-escolar. Yo ya cumplía dichos requisitos.

Pues bien, recuerdo que el día que me inscribieron me dijeron que allí, en la escuela, iba a aprender muchas cosas y a conocer a muchos otros niños de mi edad, pero lo que nunca me explicaron, era que iba a estar prácticamente solo y tendría que aprender que la vida era como un campo de batalla; un lugar donde no se da ni se pide cuartel.

Y por fin se llegó el tan inesperado momento: el primer día de clases.

Mi mamá, mujer de mediana estatura, delgada, de ojos y cabello color café, me levantó más temprano de lo habitual; me instó a que me diera un baño y me vistiera para desayunar. Al terminar de comer, me paró frente a la puerta y se dispuso a pasar lista a mi atuendo cual general de la milicia.

—Zapatos boleados, pantalón, camisa, suéter... bien.

Decía entre-dientes mientras me recorría con la vista de pies a cabeza alisando mis ropas, tratando de deshacer cualquier pequeña arruga que pudiera quedar al descubierto. Por último, tomó un cepillo y peinó mi cabello lacio y castaño; me dio un lápiz y un cuaderno y emprendimos el camino hacia la escuela.

Durante todo el trayecto mi madre no paró de darme consejos y recomendaciones a los cuales, por mi natural distracción, no puse atención.

Llegamos a la escuela circundada por barrotes blancos, con dos edificios, uno frente al otro y de dos plantas cada uno, un patio central y una posterior lleno de árboles. Todos los salones presentaban en sus ventanas una guarda de herrería, después me enteraría que servían de protección en caso de sismo, y una sola puerta. Entramos y nos dirigimos al salón de primer grado. Ya en la puerta mi madre me detuvo, se agachó a mi altura, me abrazó y me dio un beso.

—Cuídate mucho, vendré por ti más tarde —me dijo con cierta tristeza en su voz.

Se incorporó y yo sólo me quedé viendo cómo se alejaba. Lentamente giré la cabeza hacia el interior del salón; observé a los que serian mis compañeros de clase, todos sentados y en silencio, con un dejo de expectación en sus rostros y, tan anonadado estaba, que no noté a la figura femenina que se acercó hasta mí lo suficiente para tocarme del hombro.

—Bienvenido —me dijo una mujer joven, no muy alta y algo delgada, de cabello corto, sonrisa amable y ojos de mirada tierna; era la maestra.

La profesora me invitó a tomar un asiento y no supe qué hacer, después se dirigió a su escritorio y me quedé nuevamente observando el interior del aula con mis ojos café oscuro abiertos a todo lo que daban y todo lo que atinaba a pensar era: Hice algo malo ¡y estoy en la cárcel!

Pero la verdad era que nadie me había preparado para esta experiencia -o bueno, quizás estaba un poco distraído cuando me dijeron-. A pesar de la sorpresa inicial no tardé mucho en adecuarme a esta nueva rutina y poco a poco comencé a disfrutar ciertas cosas de la escuela como los juegos, la amistad con mis compañeros, el recreo y, por supuesto, la hora de la salida.

Algo que recuerdo muy bien, ya que se quedó profundamente grabado en mi memoria, fue cuando un lunes que se tocó la chicharra anunciando la hora del recreo me sentí algo desanimado para jugar acompañado y, después de comer mi habitual refrigerio, decidí ir hacía el patio trasero, “el jardín de los arboles” como lo llamábamos los chicos y donde casi nunca había niños ya que, por lo general, a todos nos gustaba jugar y correr en el área del patio central, donde no teníamos obstáculos para divertirnos. En el sitio al que me dirigí estaría solo para poder sumergirme en mis fantasías sin que nadie me molestara, o al menos eso creí. Cuando apenas intentaba perderme en mi propio mundo un ruido extraño llamó mi atención. Con cautela me dirigí a la fuente de aquel sonido y descubrí a una niña apoyada en un árbol. Aquella pequeña de piel clara, cabello negro y lacio, ojos color café claro y de complexión delgada, estaba sollozando. Me sorprendí al verla, no sabía qué hacer; si preguntarle por qué lloraba o irme y dejarla sola; ante tales cuestionamientos decidí quedarme detrás de un árbol para ver qué hacía, pero después de un rato su tristeza me contagió un poco y en mi cabeza sólo atinaba a cuestionarme una y otra vez el porqué lloraba. Mientras, ella permanecía en silencio; de sus ojos parecían brotar gotas de luz que me desconcertaban. Una sensación extraña comenzó a anidarse en el centro de mi estómago, pero tan embelesado me encontraba que no le hice caso. Poco a poco sentí cómo esa sensación parecía llenarme, subir por mi cuerpo y depositarse en mi garganta… entonces comprendí qué era lo que pasaba, pero fue demasiado tarde, toda esa fuerza que se centraba en mí salió por mi boca en forma de un sonoro eructo. Traté de contener el sonido tapándome la boca pero ya era tarde, la niña me había descubierto.

— ¿Quién eres? —Preguntó sorprendida, tallándose los ojos. Por mi parte al no saber qué hacer moví la cabeza de un lado a otro— ¿Quién eres? —repitió ella.

—Sebastián —contesté destapándome la boca lentamente.

— ¿Qué quieres?

—Nada.

Gracias a mi respuesta tan profunda, ambos quedamos en silencio por unos segundos, pero mi curiosidad pudo más que mi sensatez.

— ¿Por qué lloras? ¿Alguien te pegó? ¿Te regañó la maestra?

—No.

Otra vez, silencio. Creí que lo mejor era dejarla en paz, pero al tratar de irme, ella me detuvo.

—No te vayas, no quiero estar sola.

— ¿Quieres que me quede contigo?

—Sí.

— ¿A qué quieres jugar? ¿Cómo te llamas?

—Alejandra, me dicen Jandy ¿Y tú?

—A mí me dicen Bástian pero me llamo Sebastián. Yo estoy en primer año, en el grupo A y tú ¿en qué año vas?

—En primero B. ¿Por qué me espiabas?

—No te espiaba, estaba jugando y te vi llorar y no supe porqué.

—Es que… no me gusta estar sola.

— ¿Extrañas a tu mamá?

—Un poco.

—Yo también la extrañaba al principio pero no te preocupes —dije rimbombantemente—, ya te acostumbrarás y poco a poco verás que no es tan malo estar aquí, además aprendes muchas cosas y conoces a muchos niños.

Ella asintió despacio, parecía confundida con mi discurso pero el aturdimiento sólo le duró un par de segundos y como si nos conociéramos de mucho tiempo, nos dispusimos a platicar de variados temas, incluso mis palabras lograron hacer que su sonrisa brotara un par de veces, hasta que uno de mis compañeros de clase apareció de entre los árboles y exaltado gritó:

— ¡Bástian, vente! ¡Te estamos esperando para jugar!

Acto seguido, mi compañero salió corriendo por donde vino. Al oír su invitación traté de seguirlo presuroso pero Jandy me detuvo sosteniéndome el brazo, me pidió que la acompañara un poco más adentro en aquel escueto bosque. Una vez llegando al lugar, se paró frente a mí y dijo muy seriamente:

—Dame tu mano —extendió su diestra esperando tomar la mía.

— ¿Para qué? —Contesté al tiempo que ocultaba ambas manos atrás de la espalda y fruncía la boca pensando que se trataba de una conspiración en mi contra.

—Quiero que hagamos un trato.

— ¿Para qué? —Pregunté sin quitar las manos de mi espalda.

—Tú dame tu mano y no preguntes.

—No, porque a lo mejor me quieres hacer algo, y si no me dices qué quieres hacer, me voy a ir.

—Ay, ¡qué latoso eres! —Dijo al tiempo que hacía una mueca de enfado—. Bueno, te voy a decir, ¡pero primero dame tu mano!

Me le quedé mirando fijamente, esperando encontrar algo que me dijera qué era lo que planeaba, pero todo fue inútil; nada reflejaban sus ojos cafés salvo mi cara con los ojos entrecerrados y la boca apretada.

A fin de cuentas me rendí; di un pequeño suspiró y le alargué mi mano derecha al tiempo que volteaba la mirada y la cabeza hacia otro lugar por encima de mi hombro. Ella tomó mi mano y me instó a que nos arrodilláramos uno frente al otro; después juntó nuestras palmas.

—Quiero que me prometas que siempre serás mi amigo pase lo que pase, que nunca te olvidarás de mí aunque estés muy lejos, y que me contarás todos tus secretos; y yo te prometo que siempre haré lo mismo contigo.

Yo me quedé observándola con una mirada fija y sincera, como sólo los niños saben hacerlo, y le pregunté en tono desenfadado:

— ¿Para qué?

Alejandra se quedó en silencio mientras su semblante se ensombreció. Repentinamente me soltó y prácticamente me gritó:

— ¡Por qué tienes que ser así, no tienes sentimientos, por qué no me puedes tener confianza!... ¡Vete! ¡No, yo me voy!

Se puso de pie de un salto y comenzó a marcharse. A unos cuantos metros se paró junto a un árbol y noté que, al parecer, comenzó a llorar. Yo me crucé de brazos y pensé, mientras la observaba fijamente: “Qué raras son las niñas; yo no sé ni qué le hice y ahora está chillando, y ahora tengo que ir a pedirle perdón como mi papá me dice que haga cuando hago algo que lo enoja.”

Apreté la boca. Estaba muy desconcertado. Me puse de pie y comencé a caminar hacia ella muy despacio, jugueteando con la hojarasca que los árboles habían dejado caer; era una mañana de otoño y ya comenzaba a apreciarse el viento característico de la época.

Una vez que estuve junto a ella, me di cuenta que realmente estaba llorando.

—“¡Chin! Ya la regué.” —pensé. Acto seguido, toqué su hombro suavemente.

—Perdón —le dije.

No obtuve respuesta. Estaba a punto de hablar de nuevo cuando ella empezó a relatarme su historia.

—Ayer se murió Barry, mi perro. Mi papá dice que ya estaba muy viejo y que así tenía que ser, que nada dura por siempre, que Barry ya había cumplido con nosotros. Yo no entiendo qué quiso decir ¿tú lo sabes?

—No —me encogí de hombros—. Pero se me hace que todos tienen que morir, bueno, eso dice mi abuelito.

—Yo no me quiero morir y tampoco que se muera nadie... Quiero que todo sea igual para siempre. ¿Tú crees que eso se pueda? —Me preguntó mientras se limpiaba las lágrimas con las manos.

— ¿Qué? —Pregunté extrañado.

—Que todo sea igual, que nada cambie.

—Se me hace que eso no se puede. Mira —me agaché para tomar un puñado de hojas que los árboles habían dejado caer y se lo mostré—. Mi papá me dijo una vez, que si estas hojas no se hacen viejas y se mueren cuando caen, entonces el árbol no puede hacer que le crezcan hojas nuevas. Creo que es lo mismo que nos pasa a todos.

Tomé su mano y deposité el puñado de hojas en ella. Alejandra me vio con algo de desconcierto.

—Pero yo no soy una hoja, ni un árbol —repuso intrigada.

—Pero igual te vas a hacer vieja y te van a salir arrugas y te vas a morir ¡Igual que yo! ¡Ay! ¿A poco no me entendiste? —Levanté mis brazos y los dejé caer a plomo.

Alejandra comenzó a bajar la mirada hacia la mano que tenía las hojas; volteó a verme y sin decir más, soltó el follaje, se dejó caer de rodillas, se tapó la cara con sus manos y comenzó a llorar de nuevo, sólo que esta vez lo hacía más fuerte, con más sentimiento.

—“Ay, ¡ahí va otra vez!” —Pensé mientras hacia un gesto mitad ignorancia, mitad enfado. Me arrodillé junto a ella.

— ¿Y ahora por qué chillas?

—Yo... yo sólo quería... que mi Barry viviera —me dijo sollozando sin apartar las manos de su cara— y ahora me dices que yo me voy a hacer vieja.

—Yo nomás te dije lo que me dijo mi papá y, según yo, te lo dije para que dejaras de estar triste y ahora estás chillando más fuerte que hace rato —aclaré.

—Tengo miedo de que ya nada sea igual —se limpió los ojos con los brazos y las manos mientras se iba tranquilizando su voz y su persona—. Quisiera que nada cambiara, que mis papás no se hagan viejos, ni yo, ¡y tampoco que tú te hagas viejo! —Me señaló con el índice.

—Pues, se me hace que eso está difícil —le comenté mientras me rascaba la cabeza y entrecerraba los ojos—. ¿Qué puedo hacer para que ya no llores?

Alejandra me miró fijamente, tomó mi mano e hizo que me hincara enfrente de ella, colocó mi palma junto a la suya, como hace un momento, y me volvió a pedir la misma promesa:

—Quiero que me prometas que siempre seremos amigos, y que pase lo que pase, siempre nos ayudaremos y apoyaremos y que jamás nos olvidaremos el uno del otro.

—No sé... —volví a dudar.

— ¡Sebastián! —Exclamó con franco enojo.

—Bueno, está bien,... lo prometo —así por las buenas ni quién diga nada.

—Dilo completo —ordenó ella.

—Prometo por siempre ser tu amigo.

—Y yo, prometo nunca dejar de ser tu amiga.

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